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La investigación sobre Jesús

La investigación sobre Jesús

LOS LIBROS DE LA BIBLIA

La investigación sobre Jesús

tres etapas pasadas y el comienzo de la cuarta

En la investigación moderna sobre la figura de Jesús se distinguen tres etapas de «búsqueda» (en inglés quest) para alcanzar todo lo que podamos saber sobre la figura de Jesús

Primera etapa

Los filósofos del Siglo de las Luces (la Ilustración), a finales del siglo XVIII habían reaccionado duramente contra los evangelios, acusándoles de que eran narraciones que no podían aportar datos seguros sobre Jesús. Como reacción a este escepticismo radical, a comienzos del siglo XIX, una serie de autores centroeuropeos se proponen escribir las Vidas de Jesús (Renan). Son optimistas; buscan a Jesús como un maestro de vida moral. Sin embargo, uno de ellos se da cuenta de que sus resultados no valen, porque no encuentran a Jesús, sino las proyecciones sobre Jesús de lo que cada uno previamente piensa. El golpe definitivo lo dará un biblista protestante llamado Bultmann (1950-60), que desconfía de que los evangelios sean fuentes históricas. Para él no es importante acceder al Jesús de la historia; lo importante es la fe: predicar y creer que Jesús nos salva. Nace la separación entre el «Jesús de la historia» y el «Cristo de la fe».

Segunda etapa

Algunos discípulos de Bultmann (años 1970-80) reaccionan de nuevo, porque se dan cuenta de que la fe cristiana no se puede sustentar sobre una «fe pura», pero sin sujeto histórico. Es imprescindible conocer bien a Jesús:

  • qué enseñó,
  • qué hizo,
  • por qué lo mataron,
  • qué supone su resurrección.

Estos teólogos insisten mucho en que para acceder al «Jesús de la historia» hay que saber en qué se distanció Jesús tanto del judaísmo de su época (crítica de la Ley, del sábado, de la pureza legal) como de las confesiones posteriores de fe de la Iglesia (los títulos cristológicos).

 

Rudolf Bultmann (1884-1976)

Tercera etapa

Las escuelas anglosajonas, muchas de ellos norteamericanas, reaccionan a su vez contra estos teólogos centroeuropeos (años 1990-2000). Los resultados anteriores llevaban a un Jesús poco judío, fuera de un mundo real. Ahora investigan sobre su persona tanto filósofos, como historiadores, como antropólogos, economistas o arqueólogos. No son todos necesariamente cristianos o creyentes. Se busca al «hombre Jesús» en su ambiente del siglo I: su cultura, sus costumbres, su religión, su entorno social… Aparecen nuevos resultados, que nos dan nuevas perspectivas, pero siempre hay una pregunta que solucionar.

¿Cuarta etapa?

Aparecen continuamente nuevas investigaciones sobre Jesús. En los últimos años se propone proyectar nueva luz sobre la historicidad de los evangelios a partir de las bios que conocemos por autores griegos. Este puede ser un nuevo camino para «acceder» a Jesús; pero los creyentes vamos más allá porque queremos «encontrarnos» con Jesús. Podemos saber muchas cosas sobre Jesús, pero ¿su vida, su muerte y su resurrección, dan sentido a nuestras vidas? ¿Qué supone confesar hoy que Jesús es el Señor, el Salvador, el Hijo de Dios? No se puede separar la investigación sobre Jesús y el impacto que supone en la vida de las personas: la fe personal y eclesial.

Orar la Palabra. Marcos 8,27-30: ¿Vosotros, quién decís que soy yo?

Orar la Palabra. Marcos 8,27-30: ¿Vosotros, quién decís que soy yo?

Por José Ignacio Pedregosa

Como signo, se puede colocar en el centro la Biblia abierta, con un icono de Cristo Salvador.

Para este momento de oración, sería conveniente que los participantes tuviesen con ellos la Biblia o al menos el texto que nos ocupa.

Con música de fondo se comienza la oración, guardando un momento de silencio que nos ayude a ponernos en presencia de Dios.

Vamos a comenzar este encuentro con Jesús, permanecemos un momento en silencio; que nos ayuda a hacernos conscientes de la presencia de Jesús entre nosotros. Él nos sale al encuentro, camina con nosotros. Y, al igual que a sus discípulos, también a nosotros, hoy, nos pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién decís vosotros que soy yo?».

Leemos, lentamente, el pasaje de Mc 8,27-30. Y lo dejamos resonar en nuestro corazón. Seguramente, alguna palabra, alguna frase, alguna expresión ha captado nuestra oración. Acojámosla y vayamos repitiéndola en lo más profundo de nuestro ser, para que, poco a poco, cale en nuestro corazón.

Breve momento de silencio.

Jesús va con sus discípulos camino de Cesarea de Filipo. Y en ese camino es donde les lanza una primera pregunta. Quiere saber qué dice la gente acerca de Él. La respuesta entra dentro de la lógica humana e identifican a Jesús con Juan el Bautista, Elías o cualquiera de los otros profetas. Por tanto, para la gente, Jesús es una continuación del pasado, no reviste ninguna novedad; es el pasado que se ha hecho presente.

Breve momento de silencio.

Ante esa respuesta continuista, Jesús quiere saber qué piensan sus discípulos. ¿Habrán entendido bien la novedad del evangelio? Es Pedro, haciéndose portavoz de los demás apóstoles, quien responde: «Tú eres el Mesías». Es importante, también, que en este momento cada uno de nosotros nos preguntemos: «¿Quién es Jesús para mí?». Y no solo damos una respuesta para nosotros mismos, sino que se la demos también a Jesús.

Breve momento de silencio.

No sólo es importante que respondamos a esa pregunta que anteriormente nos hacíamos, sino que es imprescindible descubrir qué significa esa definición de Jesús. Pues, Pedro respondió que era el Mesías; pero qué significaba Mesías para él. Porque Jesús no es alguien grande y poderoso que dará a Israel el triunfo sobre todas las demás naciones, para que la convierta en la más poderosa de la tierra. El concepto que nosotros tenemos de Jesús es posible que sea muy distinto al del Jesús del evangelio. Y eso es importante que lo tengamos en cuenta.

Breve momento de silencio.

Jesús es el Mesías pobre, humilde, manso, obediente a la voluntad del Padre. Jesús es el Mesías que sufrirá la pasión, la crucifixión, que morirá por salvar a la humanidad; pero que al tercer día resucitará y nos traerá a todos la vida eterna.

Se escucha la canción: «Jesús, quien eres tú» del grupo Brotes de Olivo.

En este momento los presentes pueden compartir la Palabra, haciéndose eco de lo que ha despertado en ellos para enriquecimiento de los demás. Pueden expresarlo, brevemente, a modo de reflexión, de oración de petición, de acción de gracias, de alabanza, etc.

Breve momento de silencio.

Como comunidad creyente se asume un compromiso comunitario para llevar a las personas que nos rodean la Buena Nueva del evangelio.

Se puede concluir este momento de oración rezando juntos el Padrenuestro.

Jesús es el señor

Jesús es el señor

Por Juan Sebastián Teruel

Al escribir estas palabras, resuena en mí el texto que escuchábamos estos días en el Evangelio: la confesión de fe de Cesarea de Filipo. Jesús realiza ese particular «sondeo general» a modo de encuesta a los discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»; para, seguidamente, personalizar la pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (cf. Mc 8,27-30). Es decir, vosotros que habéis convivido estrechamente conmigo, que habéis «visto y oído», ¿qué pensáis de mí? Delante de Dios, ¿quién soy yo para vosotros? En cierta medida, la respuesta vital a esta pregunta es la clave de bóveda de nuestra identidad cristiana. Según respondamos vivencialmente a este interrogante, así se sustancia nuestra fe. No vale la respuesta de «manual».

Pedro responderá acertadamente: «Tú eres el Mesías» (Mc 8,29). Muy bien, respuesta acertada amigo Pedro, es la respuesta de una fe habitada. Pero Jesús le va a invitar a ir más allá, a ponerse detrás de él. Lo que parece un punto de llegada, señala el comienzo de un conocimiento del Señor más profundo, con una implicación personal que pondrá de relieve un «antes» y un «después».

En los últimos años se viene insistiendo en la necesidad de dotar a la catequesis de una mayor impronta kerygmática, que sea capaz de ir al corazón de la fe. «En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte”» (Francisco, Evangelii Gaudium, 164). Se nos pide ser facilitadores del encuentro con Jesús.

Siempre en camino, tiene una palabra que decir, una Buena Noticia que comunicar…

Para muestra, un botón. Tras el Bautismo, Jesús no espera a la orilla del río para que vengan a él, más bien despliega una gran actividad para salir al encuentro de las personas, para conectar con ellas, especialmente con los más vulnerables: pobres, enfermos, publicanos… Siempre en camino, tiene una palabra que decir, una Buena Noticia que comunicar y cualquier ocasión es buena para presentar el mensaje: lo que ve, lo que oye, lo que le piden, lo que ofrece, todo se convierte en trampolín para hablar del Reino de Dios y mostrarlo, sus acciones «hablan».

Todo empezó con un encuentro, algunas personas entraron en contacto con Jesús de Nazaret y se quedaron con él. Por este encuentro y por lo que se ponía en juego en la vida y la muerte de Cristo, sus vidas cobraron un nuevo sentido. A la catequesis, le toca hoy también favorecer y propiciar este encuentro, que de modo muy especial se produce por el contacto, la escucha y la proclamación de la Palabra de Dios. El encuentro con Jesucristo, la amistad con él se torna en la experiencia fundante y fundamental. La Palabra de Dios es la mejor guía para esta amistad, la catequesis ayudará también en este camino.

De diversos modos, familias, niños, jóvenes, adultos, a través de la catequesis de iniciación continúan pidiendo a la comunidad cristiana hoy, como aquellos griegos a Felipe: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Expresan así la sana inquietud que caracteriza el corazón de todo ser humano. El texto de Juan nos dice que Felipe fue a decírselo a Andrés y, ambos, a Jesús. ¡Qué importante es este «llevar y contar» a Jesús! Contarle lo que pasa y lo que nos pasa. Animarnos a ser portavoces de esa gran y buena noticia.

También nosotros queremos verle, que es lo mismo que decir: Jesús, queremos conocerte, queremos ser tus amigos, queremos ser de los tuyos. Concebir como un acto de amor en sí mismo el hecho de anunciar el Evangelio. Eso sí, siendo conscientes de que solo será creíble y digno de fe si ese anuncio se realiza, en fondo y en forma, en la lógica del don y del amor. En el discurso del papa Francisco a los catequistas en el Congreso Internacional sobre la catequesis nos decía: «El corazón del catequista vive siempre de este movimiento de “sístole y diástole”: unión con Jesús y encuentro con el otro. Son las dos cosas: me uno a Jesús y salgo al encuentro con los otros» (27-09-2013). En la lógica del don: recibo y acojo, encuentro y ofrezco.

Solo el que ama puede salvar y podemos vivir en y de esa fe en el Hijo de Dios que «me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Es el amor del que llega hasta el final (la cruz), como los verdaderos amigos que siempre están ahí, a fondo perdido. Por encima de nuestras contradicciones y fragilidades, el único callejón sin salida, la única caída definitiva es no confiar en Él: no dejarse ayudar.

Cristo ha resucitado: ¡Él vive!, puede hacerse presente en nuestras vidas e iluminarlas. Jesús es el eterno viviente: el mal, la negatividad, la violencia, el sufrimiento, el pecado, la muerte, no tienen la última palabra. Con Él podemos mirar hacia adelante porque Él nos ofrece vida y vida en abundancia. Con Él y detrás de Él vamos bien. Doblemos un poco la rodilla de nuestro orgullo y que nuestra lengua y toda nuestra vida proclame: «Jesucristo es Señor, para gloria de Dios padre» (Flp 2,11).

La pregunta decisiva: ¿quién es Jesús?

La pregunta decisiva: ¿quién es Jesús?

1. Vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mc 8,27-30)

Maestro en el camino. Toma la iniciativa

Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo y por el camino les preguntó:

La opinión de la gente

-¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos le contestaron:

Juan gozaba de gran prestigio

-Unos, que Juan el Bautista;

Elías anuncia la llegada del Mesías

otros, que Elías;

El profeta es un título de prestigio

y otros, que uno de los profetas.

La pregunta sobre Jesús es personal

Él siguió preguntándoles:
-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Pedro confiesa a Jesús

Pedro le respondió:
-Tú eres el Mesías

Un final extraño

Entonces Jesús les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él.

Estos versículos del evangelio de Marcos ocupan el centro de su evangelio. Si el evangelio está dividido en dieciséis capítulos, estamos poco más o menos en el centro (capítulo octavo). Esto es importante, porque nos dice que Marcos quiso colocar la pregunta sobre quién es Jesús en medio de su narración, dándole un carácter señalado.

Al comienzo del evangelio, Marcos dice en su título: «Comienzo del evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Pedro, en medio del evangelio, lo confiesa como «Mesías» (Mc 8,29). El discípulo debe responder a esta pregunta central: ¿Quién es Jesús? Si ahora nos vamos al final del evangelio, vemos cómo a los pies de la cruz, el centurión romano confiesa a Jesús como «Hijo de Dios» (Mc 15,39). Pedro es judío, el centurión es romano. La confesión de fe va más allá de la pertenencia al pueblo elegido; cualquier persona, de cualquier raza o nación, puede confesar a Jesús.

2. Los títulos insuficientes

En los evangelios encontramos distintas visiones de Jesús que son insuficientes. En el texto que leemos hoy, vemos que para unos es Juan Bautista que ha vuelto a la vida. Algunos, ante el enorme prestigio de Juan, que había sido ejecutado por Herodes, podían pensar que había regresado de forma portentosa. Sin embargo, en los evangelios queda claro que Juan Bautista precede a Jesús y lo anuncia, pero no es el Mesías.

Otros dicen que es Elías. En el judaísmo contemporáneo de Jesús, esperaban que antes de que llegara el Mesías, el profeta Elías regresaría. Recordemos que según la tradición bíblica, Elías no murió como todos, sino que fue arrebatado al cielo.

Por último, algunos dicen que Jesús era «un profeta». Este título gozaba así mismo de gran prestigio, pero es insuficiente para decir quién es Jesús. En el evangelio de Lucas, en distintos lugares aparece Jesús como «profeta»:

  • Ningún PROFETA es bien recibido en su tierra» (Lc 4,24).
  • Un gran PROFETA ha surgido entre nosotros» (Lc 7,16). Después de resucitar al hijo de la viuda de Naín).
  • Simón el fariseo critica a Jesús diciendo: «Si este fuera PROFETA, sabría qué clase de mujer le está tocando» (Lc 7,39).
  • Herodes Antipas oye distintas versiones sobre Jesús. Una de ellas sostiene que es «uno de los antiguos PROFETAS que ha resucitado» (Lc 9,8).
  • Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es él. Le contestan: «uno de los antiguos PROFETAS que ha resucitado» (Lc 9,19).
  • Jesús dice de sí mismo antes de entrar en Jerusalén: «Es impensable que un PROFETA muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,13).
  • Los discípulos de Emaús, le dicen a Jesús antes de reconocerlo, «Jesús el nazareno, que fue un PROFETA poderoso en obras y palabras» (Lc 24,19)

Si bien en algunos círculos pudieron poner a Jesús en línea de continuidad con los profetas (como hace hoy en día el islam), este título es claramente insuficiente. Jesús es mucho más que un «profeta», si bien destacó por su intimidad con Dios y su libertad para obrar y hablar, defendiendo siempre a los más débiles y empobrecidos.

3. Los títulos de Jesús

Jesús recibe distintos títulos. Ninguno agota quién es Jesús. Todos son distintos, todos son necesarios, todos son complementarios.

El evangelio de Mateo repite, principalmente, dos títulos de Jesús: el de Mesías y el de Hijo de David. Debemos recordar que san Mateo dirige su evangelio a judíos. Ambos títulos recogen una sensibilidad concreta: si Jesús es el Mesías, pertenece a la Casa de David.

El evangelio de Marcos, presenta su evangelio a los cristianos de Roma. Jesús es el «ungido por Dios» (Cristo). Es profundamente humano, como nosotros (Hijo del Hombre), pero su origen y su misión proceden de Dios, porque es el «Hijo de Dios».

El evangelio según san Lucas insiste en dos títulos distintos. Se dirige a cristianos de cultura urbana griega; muchos de ellos viven en las complejas ciudades de la Anatolia (hoy Turquía), marcadas por el paganismo. Jesús es el «Salvador»; los dioses paganos no salvan. Jesús es el único Señor; no lo son los gobernantes, ni los emperadores.

El evangelio de san Juan, por fin, se dirige a unas comunidades con procedencia judía, pero a la vez de alto nivel intelectual. Dios ha pronunciado muchas palabras (desde el Génesis, su palabra es creadora, eficaz.

4. Cristo y Mesías

Son dos términos sinónimos. Mesías significa «ungido» en hebreo. Cristo significa «ungido» en griego. La unción se realizaba con aceite que se derramaba sobre la cabeza. El ungido es elegido por Dios y tiene una misión que llevar adelante en su pueblo. Una misión de liberación de los enemigos, de gobierno en justicia y libertad, de santificación.

El pueblo de Israel esperaba que llegara este «ungido de Dios». Jesús, confiesa Pedro y confiesan los discípulos, es el Mesías, el Cristo, el Ungido por Dios. Él es el Señor, el Salvador.

Los evangelios como una Bios de Jesús

Los evangelios como una Bios de Jesús

Por Emili Marlès

Una gran pregunta ha acompañado el estudio de los evangelios a lo largo del siglo XX: ¿los evangelios son un acceso verdadero al Jesús real? Esta pregunta se origina a causa de varios descubrimientos que desafiaron la historicidad de los evangelios. Unos de ellos es el hecho que los evangelios se escribieron varias décadas después de la muerte de Cristo y que durante esas décadas la transmisión de las tradiciones sobre Jesús se hizo de forma oral (con la posible deformación de la información original). Otro aspecto que llevó a la sospecha, es la constatación que los evangelios son escritos por personas que creían en Jesús y que los escribían para ayudar a la fe de otros. Esta fe, ¿hizo que se exageraran los dichos y hechos sobre Jesús? Esta sospecha está bien presente en nuestra cultura, solo hay que recordar el impacto que tuvo la obra El Código da Vinci de Dan Brown en la que se ponía en entredicho la fiabilidad de los evangelios canónicos.

Hay que decir, que estamos en una época muy interesante respecto al acceso al Jesús histórico. Algunos descubrimientos realizados en la década de 1.990 y a principios del S. XXI han cambiado significativamente el panorama sobre el Jesús histórico. Tanto que algunos hablan de una 4ª etapa del acceso al Jesús histórico. En lo que sigue, iremos señalando algunas de las nuevas aportaciones.

En el año 1992 Richard A. Burridge publicó una obra que ha tenido una gran influencia ¿Qué son los evangelios? En ella compara los 4 evangelios canónicos con las biografías greco-romanas (bios en griego) que tienen su explosión alrededor del siglo I (el mismo siglo en que se escriben los evangelios). El trabajo de Burridge llevó a superar la difundida tesis de R. Bultmann que postulaba que los evangelios eran un género literario de nueva creación sin ningún parangón con la literatura de su época. Burridge demuestra convincentemente que los evangelistas cuando escriben sus obras quieren hacer una bios sobre Jesús, y que precisamente el estudio de la historicidad de las bios nos dará unos criterios muy interesantes para aplicarlos a los evangelios.

Algunos descubrimientos realizados en la década de 1.990 y a principios del S. XXI han cambiado significativamente el panorama sobre el Jesús histórico.

El género de un libro tiene una gran importancia, ya que nos da una clave de interpretación sobre su contenido. Por ejemplo, si uno lee una tesis doctoral sobre historia, espera que las afirmaciones históricas estén bien refrendadas con frecuentes referencias a documentos históricos concretos, ya que en un trabajo científico de este tipo exigimos la exactitud. Si pensamos en un artículo de una revista de divulgación histórica, a este le pediremos precisión, aun sabiendo que ni encontraremos tantas citas ni nos detallará todos los matices para interpretar el momento histórico que estudia (aunque sí esperamos que aparezcan los más destacados). El panorama cambia cuando leemos una novela histórica: sabemos que el contexto de la novela, mayormente, se ajustará al momento histórico que relata, aunque presuponemos que la trama de la novela es fruto de la imaginación del autor.

Saber que los evangelios se quieren enmarcar en las bios, nos da una clave de interpretación imprescindible. Por ejemplo, nos sorprende que en los evangelios se dé tan poca importancia a la infancia de Jesús (dos capítulos en Mt y Lc, y ninguna referencia en Mc y Jn) pasándose rápidamente a su edad adulta. Pues esta es la tendencia común en las bios. En ellas lo que interesa es la vida pública de la persona biografiada, ya que fueron sus obras de adultez las que le han hecho una persona destacada por su impacto social. Las bios pueden empezar con alguna referencia a la infancia, pero esta es siempre muy escasa. Si se recuerda algún episodio de la infancia es porque en él se anticipa alguna actitud que destaca en su edad adulta. Por ejemplo, en la bios sobre Alejandro Magno escrita por Plutarco, se nos refiere un episodio en el que el adolescente Alejandro es capaz de montar un caballo indómito, que anteriormente ninguno de los amigos de su padre fueron capaces de domar (aun siendo grandes jinetes). El rey Filipo (padre de Alejandro) sorprendido y en lágrimas le dice «busca hijo mío un reino igual a ti, porque en Macedonia no cabes». Este hecho se recuerda en la bios porque anticipa la capacidad que tendrá Alejandro Magno de triunfar y someter a una multitud de reinos y pueblos que parecían indomables. Esta clave interpretativa de las bios sobre la infancia nos da elementos muy interesantes para comprender por qué hay tan poco interés en la infancia de Jesús y también por qué solo se recogen algunos elementos que, en muchos casos, son anticipo de lo que sucederá después en la vida de Jesús.

Aquello que se busca en una bios es captar la personalidad del biografiado, y si la persona es un pensador también se ofrece un compendio de su pensamiento. El autor busca poner de manifiesto la grandeza de su protagonista para que sirva de ejemplo y estímulo para el lector. Por eso Plutarco advierte a sus lectores que no busquen en su obra las batallas más destacadas de Alejandro Magno ya que lo que él pretende es que emerja el genio de Alejandro, sabiendo que «[no] es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combate». Por tanto, no es de extrañar que en los evangelios no se explique todo lo que hizo Jesús, sino que su objetivo es el de mostrar su impactante personalidad, así como compendiar sus enseñanzas.

Si los evangelios son escritos dentro de la estela de las bios, entonces nos tendremos que preguntar, qué fiabilidad histórica se espera de una bios. ¿Es un género que busca la exactitud o permite que se den licencias históricas? Para todo esto ayuda mucho el trabajo de Samuel Byrskog en su obra Story as History en la que estudia los criterios de los historiadores greco-romanos para evaluar la fiabilidad histórica de una obra. Byrskog muestra que una característica común es que el mejor momento para estudiar un periodo histórico es mientras exista «memoria viva», es decir, mientras todavía haya personas que han vivido los hechos ocurridos. Por ejemplo, en España todavía hay memoria viva de la guerra civil española, ya que aún podemos encontrar personas que la vivieron, pero ya no tenemos memoria viva de la guerra de Cuba. El interés de la memoria viva se encuentra en que podemos encontrar testigos oculares de los hechos. La tarea del historiador es buscar a esas personas para hacerles preguntas sobre lo ocurrido, sabiendo que no todos los testimonios oculares tienen el mismo valor: si una persona se encontraba en una posición de decisión clave de ese suceso será una mejor fuente de información que la que te puede ofrecer un mero observador, ya que la gente interesada recuerda mejor las cosas y te puede explicar mejor el porqué de ellas. La tarea del historiador es la de preguntar y contrastar las versiones para ver cuál se adecua más a la realidad. El historiador antiguo, a diferencia del actual, es muy crítico con aquellos colegas suyos que dependen largamente de las fuentes escritas.

Con todo esto en mente podemos entender mucho mejor el prólogo del evangelio de Lucas, en el que el autor nos cita las fuentes utilizadas para escribir su evangelio, destacando que ha consultado aquellos que fueron testigos oculares y que después dedicaron su vida al anuncio del Evangelio: «Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,1-4). Es decir que los evangelios se escriben cuando se está acabando la memoria viva sobre Jesús, pero en la que todavía existían testigos oculares. Y de este modo Lucas quiere mostrar la fiabilidad de su relato.

¿Qué sabemos de Jesús?

¿Qué sabemos de Jesús?

Esta pregunta se la hace mucha gente. Sobre todo, en un tiempo en que hay mucha información, pero también mucha desconfianza. La fuente principal, para acceder a la figura de Jesús, son los evangelios, como podemos ver a continuación.

Jesús en los evangelios

Nace en Belén (Mt 2,1; Lc 2,4.6.15), siendo César Augusto emperador de Roma (Lc 2,1) y Herodes el rey de Judea (Mt 2,1). Es hijo de María (Mt 1,16.18.20; 2,11; 13,55; Mc 6,3; Lc 2,5.6.16.34). Circuncidado a los ocho días (Lc 2,21), recibe el nombre de «Jesús» (Lc 1,30; 2,21), «porque él salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,20). Desconocemos detalles de su infancia, juventud y primera madurez, que transcurrió en Nazaret, aldea de Galilea. Siendo ya adulto, «Jesús se bautizó» (Lc 3,21) «en el Jordán» (Mc 1,9).

Después de ser bautizado por Juan no regresa a Nazaret, sino que va a Cafarnaún, junto al Lago de Tiberíades. Allí comienza su actividad de predicador itinerante: anuncia la llegada del Reino de Dios, y realiza signos salvadores. Es un maestro que enseña «con verdad el camino de Dios» (Mt 22,16). Se hace acompañar por un grupo de discípulos; a doce de ellos los constituye «apóstoles». Pronto encuentra la oposición radical de los judíos piadosos contemporáneos: los fariseos le acusan de tergiversar la Ley; los escribas de otorgarse el perdón de los pecados, reservado a Dios; los saduceos de atacar la institución del Templo. La actuación y el mensaje de Jesús «provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino que además decía que Dios era su propio Padre, y se hacía igual a Dios» (Jn 5,18).

En uno de sus viajes a Jerusalén para celebrar la Pascua, Jesús celebra una cena con sus discípulos (Mt 26,17-30; Mc 14,12-31; Lc 22,1-38). Esa misma noche, es traicionado por Judas (Mt 26,14-16. 47-56). Jesús es conducido a casa de Anás (Jn 18,13) y de Caifás (Jn 18,24), sumo sacerdote aquel año (Mt 26,3.57; Jn 11,49), que había dicho: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo» (Jn 18,14). De casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio (Jn 18,28), donde le espera Pilato; los judíos no tenían permiso para dar muerte a nadie, por eso piden a Pilato que sea él quien condene a muerte a Jesús: «crucifícalo» (Mt 27,22-23; Mc 15,13-14; Lc 23,21; Jn 19,6.15). Jesús carga él mismo con la cruz. Llevan a Jesús a un lugar, fuera de las murallas de Jerusalén, llamado «La Calavera» (Mt 27,33; Mc 15,22; Lc 23,33, Jn 19, 17 b), que en hebreo se dice Gólgota (Mt 27,33; Mc 15,22; Jn 19,17 b), donde lo crucificaron. Pilato manda escribir un título en la cruz que decía: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos» (Jn 19,19; Mt 27,36). El soldado romano dice al ver clavado a Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47); María y el discípulo amado están «junto a la cruz» de Jesús (Jn 19,25). Los judíos piden a Pilato que baje de la cruz a los condenados porque es sábado (Jn 19,31).

Lucas narra, que «el primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los aromas que habían preparado […] Dos hombres se presentaron ante ellas vestidos con ropas deslumbrantes […] Ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”» (Lc 24, 1-6).

Con este artículo, hemos querido realizar un recorrido rápido sobre la vida de Jesús, según nos narran los mismos evangelios.