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Los evangelios como una Bios de Jesús

Los evangelios como una Bios de Jesús

Por Emili Marlès

Una gran pregunta ha acompañado el estudio de los evangelios a lo largo del siglo XX: ¿los evangelios son un acceso verdadero al Jesús real? Esta pregunta se origina a causa de varios descubrimientos que desafiaron la historicidad de los evangelios. Unos de ellos es el hecho que los evangelios se escribieron varias décadas después de la muerte de Cristo y que durante esas décadas la transmisión de las tradiciones sobre Jesús se hizo de forma oral (con la posible deformación de la información original). Otro aspecto que llevó a la sospecha, es la constatación que los evangelios son escritos por personas que creían en Jesús y que los escribían para ayudar a la fe de otros. Esta fe, ¿hizo que se exageraran los dichos y hechos sobre Jesús? Esta sospecha está bien presente en nuestra cultura, solo hay que recordar el impacto que tuvo la obra El Código da Vinci de Dan Brown en la que se ponía en entredicho la fiabilidad de los evangelios canónicos.

Hay que decir, que estamos en una época muy interesante respecto al acceso al Jesús histórico. Algunos descubrimientos realizados en la década de 1.990 y a principios del S. XXI han cambiado significativamente el panorama sobre el Jesús histórico. Tanto que algunos hablan de una 4ª etapa del acceso al Jesús histórico. En lo que sigue, iremos señalando algunas de las nuevas aportaciones.

En el año 1992 Richard A. Burridge publicó una obra que ha tenido una gran influencia ¿Qué son los evangelios? En ella compara los 4 evangelios canónicos con las biografías greco-romanas (bios en griego) que tienen su explosión alrededor del siglo I (el mismo siglo en que se escriben los evangelios). El trabajo de Burridge llevó a superar la difundida tesis de R. Bultmann que postulaba que los evangelios eran un género literario de nueva creación sin ningún parangón con la literatura de su época. Burridge demuestra convincentemente que los evangelistas cuando escriben sus obras quieren hacer una bios sobre Jesús, y que precisamente el estudio de la historicidad de las bios nos dará unos criterios muy interesantes para aplicarlos a los evangelios.

Algunos descubrimientos realizados en la década de 1.990 y a principios del S. XXI han cambiado significativamente el panorama sobre el Jesús histórico.

El género de un libro tiene una gran importancia, ya que nos da una clave de interpretación sobre su contenido. Por ejemplo, si uno lee una tesis doctoral sobre historia, espera que las afirmaciones históricas estén bien refrendadas con frecuentes referencias a documentos históricos concretos, ya que en un trabajo científico de este tipo exigimos la exactitud. Si pensamos en un artículo de una revista de divulgación histórica, a este le pediremos precisión, aun sabiendo que ni encontraremos tantas citas ni nos detallará todos los matices para interpretar el momento histórico que estudia (aunque sí esperamos que aparezcan los más destacados). El panorama cambia cuando leemos una novela histórica: sabemos que el contexto de la novela, mayormente, se ajustará al momento histórico que relata, aunque presuponemos que la trama de la novela es fruto de la imaginación del autor.

Saber que los evangelios se quieren enmarcar en las bios, nos da una clave de interpretación imprescindible. Por ejemplo, nos sorprende que en los evangelios se dé tan poca importancia a la infancia de Jesús (dos capítulos en Mt y Lc, y ninguna referencia en Mc y Jn) pasándose rápidamente a su edad adulta. Pues esta es la tendencia común en las bios. En ellas lo que interesa es la vida pública de la persona biografiada, ya que fueron sus obras de adultez las que le han hecho una persona destacada por su impacto social. Las bios pueden empezar con alguna referencia a la infancia, pero esta es siempre muy escasa. Si se recuerda algún episodio de la infancia es porque en él se anticipa alguna actitud que destaca en su edad adulta. Por ejemplo, en la bios sobre Alejandro Magno escrita por Plutarco, se nos refiere un episodio en el que el adolescente Alejandro es capaz de montar un caballo indómito, que anteriormente ninguno de los amigos de su padre fueron capaces de domar (aun siendo grandes jinetes). El rey Filipo (padre de Alejandro) sorprendido y en lágrimas le dice «busca hijo mío un reino igual a ti, porque en Macedonia no cabes». Este hecho se recuerda en la bios porque anticipa la capacidad que tendrá Alejandro Magno de triunfar y someter a una multitud de reinos y pueblos que parecían indomables. Esta clave interpretativa de las bios sobre la infancia nos da elementos muy interesantes para comprender por qué hay tan poco interés en la infancia de Jesús y también por qué solo se recogen algunos elementos que, en muchos casos, son anticipo de lo que sucederá después en la vida de Jesús.

Aquello que se busca en una bios es captar la personalidad del biografiado, y si la persona es un pensador también se ofrece un compendio de su pensamiento. El autor busca poner de manifiesto la grandeza de su protagonista para que sirva de ejemplo y estímulo para el lector. Por eso Plutarco advierte a sus lectores que no busquen en su obra las batallas más destacadas de Alejandro Magno ya que lo que él pretende es que emerja el genio de Alejandro, sabiendo que «[no] es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combate». Por tanto, no es de extrañar que en los evangelios no se explique todo lo que hizo Jesús, sino que su objetivo es el de mostrar su impactante personalidad, así como compendiar sus enseñanzas.

Si los evangelios son escritos dentro de la estela de las bios, entonces nos tendremos que preguntar, qué fiabilidad histórica se espera de una bios. ¿Es un género que busca la exactitud o permite que se den licencias históricas? Para todo esto ayuda mucho el trabajo de Samuel Byrskog en su obra Story as History en la que estudia los criterios de los historiadores greco-romanos para evaluar la fiabilidad histórica de una obra. Byrskog muestra que una característica común es que el mejor momento para estudiar un periodo histórico es mientras exista «memoria viva», es decir, mientras todavía haya personas que han vivido los hechos ocurridos. Por ejemplo, en España todavía hay memoria viva de la guerra civil española, ya que aún podemos encontrar personas que la vivieron, pero ya no tenemos memoria viva de la guerra de Cuba. El interés de la memoria viva se encuentra en que podemos encontrar testigos oculares de los hechos. La tarea del historiador es buscar a esas personas para hacerles preguntas sobre lo ocurrido, sabiendo que no todos los testimonios oculares tienen el mismo valor: si una persona se encontraba en una posición de decisión clave de ese suceso será una mejor fuente de información que la que te puede ofrecer un mero observador, ya que la gente interesada recuerda mejor las cosas y te puede explicar mejor el porqué de ellas. La tarea del historiador es la de preguntar y contrastar las versiones para ver cuál se adecua más a la realidad. El historiador antiguo, a diferencia del actual, es muy crítico con aquellos colegas suyos que dependen largamente de las fuentes escritas.

Con todo esto en mente podemos entender mucho mejor el prólogo del evangelio de Lucas, en el que el autor nos cita las fuentes utilizadas para escribir su evangelio, destacando que ha consultado aquellos que fueron testigos oculares y que después dedicaron su vida al anuncio del Evangelio: «Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,1-4). Es decir que los evangelios se escriben cuando se está acabando la memoria viva sobre Jesús, pero en la que todavía existían testigos oculares. Y de este modo Lucas quiere mostrar la fiabilidad de su relato.

¿Qué sabemos de Jesús?

¿Qué sabemos de Jesús?

Esta pregunta se la hace mucha gente. Sobre todo, en un tiempo en que hay mucha información, pero también mucha desconfianza. La fuente principal, para acceder a la figura de Jesús, son los evangelios, como podemos ver a continuación.

Jesús en los evangelios

Nace en Belén (Mt 2,1; Lc 2,4.6.15), siendo César Augusto emperador de Roma (Lc 2,1) y Herodes el rey de Judea (Mt 2,1). Es hijo de María (Mt 1,16.18.20; 2,11; 13,55; Mc 6,3; Lc 2,5.6.16.34). Circuncidado a los ocho días (Lc 2,21), recibe el nombre de «Jesús» (Lc 1,30; 2,21), «porque él salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,20). Desconocemos detalles de su infancia, juventud y primera madurez, que transcurrió en Nazaret, aldea de Galilea. Siendo ya adulto, «Jesús se bautizó» (Lc 3,21) «en el Jordán» (Mc 1,9).

Después de ser bautizado por Juan no regresa a Nazaret, sino que va a Cafarnaún, junto al Lago de Tiberíades. Allí comienza su actividad de predicador itinerante: anuncia la llegada del Reino de Dios, y realiza signos salvadores. Es un maestro que enseña «con verdad el camino de Dios» (Mt 22,16). Se hace acompañar por un grupo de discípulos; a doce de ellos los constituye «apóstoles». Pronto encuentra la oposición radical de los judíos piadosos contemporáneos: los fariseos le acusan de tergiversar la Ley; los escribas de otorgarse el perdón de los pecados, reservado a Dios; los saduceos de atacar la institución del Templo. La actuación y el mensaje de Jesús «provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino que además decía que Dios era su propio Padre, y se hacía igual a Dios» (Jn 5,18).

En uno de sus viajes a Jerusalén para celebrar la Pascua, Jesús celebra una cena con sus discípulos (Mt 26,17-30; Mc 14,12-31; Lc 22,1-38). Esa misma noche, es traicionado por Judas (Mt 26,14-16. 47-56). Jesús es conducido a casa de Anás (Jn 18,13) y de Caifás (Jn 18,24), sumo sacerdote aquel año (Mt 26,3.57; Jn 11,49), que había dicho: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo» (Jn 18,14). De casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio (Jn 18,28), donde le espera Pilato; los judíos no tenían permiso para dar muerte a nadie, por eso piden a Pilato que sea él quien condene a muerte a Jesús: «crucifícalo» (Mt 27,22-23; Mc 15,13-14; Lc 23,21; Jn 19,6.15). Jesús carga él mismo con la cruz. Llevan a Jesús a un lugar, fuera de las murallas de Jerusalén, llamado «La Calavera» (Mt 27,33; Mc 15,22; Lc 23,33, Jn 19, 17 b), que en hebreo se dice Gólgota (Mt 27,33; Mc 15,22; Jn 19,17 b), donde lo crucificaron. Pilato manda escribir un título en la cruz que decía: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos» (Jn 19,19; Mt 27,36). El soldado romano dice al ver clavado a Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47); María y el discípulo amado están «junto a la cruz» de Jesús (Jn 19,25). Los judíos piden a Pilato que baje de la cruz a los condenados porque es sábado (Jn 19,31).

Lucas narra, que «el primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los aromas que habían preparado […] Dos hombres se presentaron ante ellas vestidos con ropas deslumbrantes […] Ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”» (Lc 24, 1-6).

Con este artículo, hemos querido realizar un recorrido rápido sobre la vida de Jesús, según nos narran los mismos evangelios.

Pero, ¿tú crees en Dios?

Pero, ¿tú crees en Dios?

PERO, ¿TÚ CREES EN DIOS?

   por Nuria Andaluz Muñoz

      

Esta pregunta tan corta y tan sencilla; ¿sencilla?, o más bien profunda, me la hacen con frecuencia algunos de mis alumnos de 1º de la ESO en clase de religión. Me miran entre el asombro y el estupor cuando les hablo de las parábolas, de los milagros, de la vida y muerte de Jesús de Nazaret… para algunos de ellos es «su primera vez». La primera vez que oyen hablar de Dios.

Con respuestas sencillas intento que abran sus ojos a una nueva «experiencia» que les cuestione; con ejemplos cotidianos van descubriendo cómo actuaba Jesús y cómo podemos actuar nosotros; jugando aprenden a utilizar la Biblia; actualizando el lenguaje y con ejemplos actuales, pueden entender las parábolas; con un periódico pueden descubrir los distintos tipos de lenguaje que se pueden utilizar, también en los evangelios; con textos del Evangelio aprenden a apreciar el valor de los amigos, de la familia… en el día a día de una clase de religión, con imaginación, creatividad y trabajo, todo son posibilidades; y si al finalizar la clase, he sido capaz de conseguir que alguno de mis alumnos se haga o me haga preguntas sobre la existencia de Dios, ¡vamos por buen camino!

Pero luego, en la tranquilidad de mi casa, revisando lo que ha ido sucediendo a lo largo del día, me pregunto: «Pero yo ¿creo en Dios?» y, sobre todo, «¿en qué Dios creo?». Porque si uno se deja llevar por el día a día, todo son dificultades para encontrarse con Dios: las ocupaciones familiares, el trabajo, los estudios, los amigos…, ocupan la mayor parte de nuestro tiempo; las prioridades que nos vamos imponiendo y que a veces no son las más importantes; incluso algunas noticias que escuchamos en los medios de comunicación que afectan de manera negativa a la Iglesia… y ¡cuidado! ¿Cuánto hace que no dedico tiempo a la oración? ¿Cuál fue el motivo por el que no fui a misa el domingo? ¿Cuáles son las prioridades en mi vida diaria? ¿Pienso en Dios en algún momento del día? Siempre hay algún motivo que nos tranquiliza, alguna justificación para el por qué hacemos o dejamos de hacer las cosas.

En esos momentos de reflexión personal, recordando a mis alumnos, intento re-abrir los ojos a esa nueva «experiencia» que me cuestione, volver a descubrir que quiere Dios de mí, cómo me habla para que le escuche. Él siempre está ahí, siempre me responde, pase el tiempo que pase, haga lo que haga ¿Cómo?

Con un gesto tan ordinario y cotidiano como abrir un libro, pero no cualquier libro, sino la Palabra. Desde la Biblia, Dios se «mete» en mi vida, me habla, me interpela y si yo estoy dispuesta para la escucha, se comunica conmigo. Haciendo una lectura creyente de la Palabra de Dios, soy capaz de percibir lo que espera de mí, aunque a veces no es lo que quiero ni lo que espero. También reconozco que en algunas ocasiones hago oídos sordos, pero Él insiste, espera mi respuesta, tiene paciencia, ¡me quiere! y antes este amor ¿Cómo no voy a creer en Dios?

Creemos en Cristo Jesús

Creemos en Cristo Jesús

Creemos en Cristo Jesús

   por Mons. Julián Ruiz Martorell

            Obispo de Huesca y de Jaca

Saludamos con alegría la iniciativa de una nueva publicación, titulada Biblia viva, que genera expectativas desde su primer número en el que se presenta un acercamiento a la persona de Jesús.

¿Quién es Jesús? Esta es una gran pregunta que atraviesa la historia y que ha encontrado diversas respuestas. Para los cristianos, no es una pregunta más, sino la cuestión determinante en nuestra vida y misión.

En el episodio del ciego de nacimiento descrito en el evangelio según san Juan (Jn 9,1-40) observamos un crecimiento.

1) Hay un primer momento en que al ciego de nacimiento se le pregunta: «¿Dónde está Jesús?»; y él dice: «No lo sé». Cuando a los padres se les pregunta si realmente su hijo era ciego, ellos dicen: «No sabemos cómo ha recuperado la vista, no sabemos quién le ha curado». Y aquellos que acechan a Jesús y al ciego de nacimiento, en otro momento, dicen: «Ese (a propósito de Jesús) no sabemos de dónde viene». Hay un primer nivel de ignorancia. Hay un primer nivel de no saber. No se trata simplemente de una ignorancia racional, sino, más bien, de una falta de experiencia y de encuentro con Jesús.

2) Pero el ciego de nacimiento da un paso más. Cuando se le sigue preguntando, afirma sobre Jesús: «Es un profeta». Profeta no es el que predice el futuro o vaticina el porvenir. Profeta es el que comunica una palabra que no es suya, una palabra que viene de lo alto. Jesús no es simplemente uno más en la lista de los profetas: es la profecía hecha persona, es aquel que comunica una palabra que es Él mismo porque en Él se identifica la vida con el mensaje, se identifica el ser con la palabra, lo que hace y quién lo realiza.

3) Pero llegará otro momento aún más decisivo: cuando, al final del texto Jesús se acerca a quien había sido milagrosamente curado y le invita en un diálogo a profundizar en esta relación, hasta que el ciego de nacimiento dice, finalmente: «Creo, Señor», y se postró ante Él. Ahí está el momento decisivo: creer, que significa apoyarse. Apoyarnos en Cristo, piedra viva, y postrarnos delante de Él. Y esto no es simplemente estar en su presencia, sino ser con Él, desde Él.

San Juan Pablo II afirmaba en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte que el testimonio cristiano será deficiente si no somos contempladores del rostro de Cristo, si no tenemos la mirada puesta en Él. Por eso, escribía: «La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo”» (NMI 17).

Biblia Viva

Al leer las páginas de esta novedosa iniciativa en forma de revista nos encontramos con el elemento decisivo: la centralidad de Jesús. Y descubrimos la necesidad de crecer en el encuentro con Él. Un crecimiento en intensidad y profundidad. Un crecimiento en el que nos acompañarán las páginas de esta publicación a cuyos responsables felicitamos por su trabajo.

Introducción al Evangelio de Lucas (para fortalecer tu fe)

Introducción al Evangelio de Lucas (para fortalecer tu fe)

Lucas escribe su Evangelio hacia finales del siglo I de nuestra era, en torno a los años 80-90 d.C. Su relato es un proyecto ambicioso, porque no solo nos quiere contar los hechos y dichos de Jesús sino cómo la primera comunidad cristiana prosiguió la misión iniciada por el Señor. Esto lo cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles que es la continuación de su Evangelio. Pero volvamos al relato inicial, al Evangelio. Lucas escribe no desde Palestina sino, posiblemente, desde alguna ciudad de Acaya que era una región de Grecia. Los destinatarios de su Evangelio son principalmente cristianos que viven fuera de Palestina, en las ciudades del Imperio romano. Un mundo cultural y religioso muy alejado del judaísmo en el cual predicó Jesús, mundo en el cual los cristianos aún eran una minoría. En ese mundo pagano el escrito de Lucas podía servir como una estupenda catequesis para anunciar a Jesús a quienes aún no lo conocían. Había que ir a todas las naciones, así se lo había pedido el Señor a los suyos. Lucas con su obra pretende que sean muchos los que puedan conocer la Buena Noticia sin importar donde vivan o qué lengua hablen.

En los 24 capítulos del Evangelio Lucas nos hace un recorrido completo por la vida de Jesús que empieza en su infancia (capítulos 1-4), aborda largamente su ministerio público (capítulos 4-19) para concluir con el relato de la Pasión, es decir, los acontecimientos de la muerte y resurrección del Señor (capítulos 22-24). Todo el relato de este Evangelio inicia y termina en la ciudad santa de Jerusalén. Si te aventuras a leer este evangelio –cosa que ojalá hagas- acompañarás a Jesús en el camino. Desde Galilea pasarás por Samaría y llegarás hasta Jerusalén. Y este viaje para ti, como para los discípulos, no será un viaje más, será un viaje catequético. Por más de diez capítulos del Evangelio escucharemos a Jesús predicar, curar, sanar, relatar sus parábolas. Sí, en este camino hacia Jerusalén Jesús se hace Palabra. Una Palabra que prepara a los suyos.

Si quieres conocer a Jesús tal como nos lo presenta Lucas tienes que andar este camino con Él. Aquí escucharás a Jesús hablar de temas tan queridos para él como: el Espíritu Santo, el papel de la Virgen María, la oración, los pobres, la alegría cristiana, el seguimiento de Jesús, la consecuencias éticas para la vida cristiana de este seguimiento, la misericordia, el Reino de Dios
todos estos son los temas teológicos de su Evangelio. 

Reptaquam, aut ut eos est ditiis sus. Ucipiciet ommo blantur Nam, sit untiumq uiandae necab ium fugia

No encontrarás en Lucas largos discursos incomprensibles sobre el ser de Dios. Nos hará comprender fácilmente cómo Dios es capaz de perdonar nuestro pecado y abrazarnos sin rencor alguno. Basta leer la parábola del Hijo pródigo para entender esto (Lc 15). Lucas quiere hacer comprensible y deseable a Dios, por eso utiliza repetidamente en su Evangelio el género de las parábolas. Contamos veintiocho parábolas en su Evangelio, once las comparte con los evangelistas Marcos y Mateo y diecisiete son propias de Lucas. Cada una de ellas son joyas de la espiritualidad evangélica. ¿Quién no desearía ser en su vida ser siempre como aquél buen samaritano de la parábola (Lc 10,30-37)? Practicar la misericordia es uno de los grandes ejes teológicos de este Evangelio. Y esto porque Lucas nos quiere mostrar que la misericordia es uno de los atributos fundamentales de Dios. Pues así es Dios nos querrá decir Lucas. Y así podríamos seguir con cada parábola. 

Te podría dar otros datos de este Evangelio, explicarte más cada uno de sus núcleos teológicos. Pero quizás te cansaría. Lucas dedicó su obra a Teófilo (Lc 1,3) no sabemos precisamente si Teófilo fue un personaje real, quizás el mecenas de Lucas, o si más bien es un nombre simbólico. La etimología de Teófilo significa «amigo de Dios», quizás Lucas dedicó su evangelio a todos los que buscan esa amistad con Dios. Entre los cuales estarás probablemente tú, querido lector.

Lucas, con su obra, perseguía fortalecer la fe de todos los amigos de Dios. Para que nunca olvidaran –olvidáramos– que Cristo es nuestro Salvador (Lc 2,11). Y que ante las dificultades, ante las vicisitudes de la vida nos llama e invita a no desfallecer. Conviene no olvidar nunca esas palabras de Jesús: «No tengas miedo» (Lc 5,10). Porque la vida con miedo no merece la pena ser vivida. Porque el amor expulsa el temor, y la vida vivida al lado de Jesús cobra todo el sentido.

El Dios de la ternura, el Dios de la misericordia que Jesús nos anunció y Lucas nos ha recogido en su Evangelio nos está esperando. Te invito a leer este Evangelio no para saber más cosas de Jesús, sino para amarlo y seguirlo mejor. En la hora actual de nuestra Iglesia se nos invita a ser una «Iglesia en salida». Se nos invita a ir al encuentro de los que se fueron o de los que nunca han venido y mostrarles el rostro misericordioso de Dios manifestado en Jesucristo. Qué duda cabe que es una invitación noble y que participa de esa misma pasión evangelizadora que vivió Lucas en el siglo I de nuestra era. Pero antes, debemos encontrarnos personalmente con Jesús. Él te espera. Empieza por la primera página del Evangelio de Lucas. No te arrepentirás. Cordialmente, tu amigo.

¿DE QUÉ HABLABAIS POR EL CAMINO?

¿DE QUÉ HABLABAIS POR EL CAMINO?

Cuando te hemos recogido haciendo autostop, en el coche íbamos oyendo música y habíamos escuchado una vieja canción de Silvio Rodríguez: «A dónde van». ¿La conoces? Es bella y triste, lo que no necesariamente tiene que ir junto, porque a veces pensamos que sólo lo triste puede ser bello. Pero en este caso la canción es las dos cosas, porque habla de la nostalgia y el dolor por la pérdida. Y de la sed de sentido: «¿a dónde van las palabras, las miradas, las pequeñas cosas de la vida?», se pregunta.

La escuchábamos y nos pusimos a hablar de gente a la que hemos querido y que ya no está. Y de lo mucho que la echamos de menos. ¿A dónde va todo ese amor que tuvimos? ¿Adónde fueron nuestras ilusiones? ¿y todo el esfuerzo que pusimos en algunos proyectos? ¿de qué nos sirvió soñar en algunos momentos? Y nos decíamos que no sabemos más que hacernos preguntas, porque nos gustaría entender algunas cosas y más bien parece que no comprendemos nada. Y por encima de todo (o de nada) que por qué tenemos que sufrir o pasarlo mal. Por ejemplo, ¿a dónde van las vidas de toda esa gente huyendo de las guerras, malviviendo encerrados en los campos de refugiados, vagando por el mundo en busca de algo que darle a sus hijos? ¿A dónde irán todas sus historias, su lucha personal y su trabajo?

Yo me acordaba de la hija de una amiga. Se lo contaba a este. Nació con parálisis cerebral y sobrevivió con muchas dificultades hasta los ocho años o así (no recuerdo exactamente).

NO PODEMOS DEJAR DE HACERNOS ESAS PREGUNTAS, INCLUSO CUANDO LAS CALLAMOS.

Cuando falleció acudí a su casa a acompañar a la madre. La niña estaba todavía en su cama, como definitivamente dormida y aún llevaba puesta la sonda nasogástrica que le había alimentado toda su corta vida. Me fijé que tenía fuertemente cerrado el puño de una mano, como el rescoldo de todo el esfuerzo con que se había agarrado durante esos años a la vida. O quién sabe, quizás como un discreto y sencillo gesto de protesta. ¿A dónde va la historia de esa pequeña y la de su madre? ¿a dónde su lucha con la enfermedad, con el dolor, con el olvido?

Cuando paramos para recogerte íbamos comentado la necesidad que algunos tenemos de preguntarnos todo eso. No digo que tengamos la respuesta, eh. Simplemente que no podemos dejar de hacernos esas preguntas (incluso cuando las callamos). Y que a veces lo único que nos queda es expresarlas o reconocerlas en un poema o una canción, como la que habíamos escuchado. Al verte en el camino haciendo dedo nos dijimos, con un deje de escepticismo y mucha guasa: «mira, este tiene pinta de haber estudiado, igual tiene la respuesta a todo esto. ¿Lo cogemos?». Y nos entró la risa.